¿Buscamos anular la muerte o conservarla?

Jacques Derrida 

 

En la selva sur de Colombia, lindando con el tupido Ecuador, está el distrito de Pasto. Desde sus entrañas  tropicales un volcán majestuoso raja la tierra. La vegetación espesa interrumpe su conquista para darle paso al varón. Ese accidente cíclope y majestuoso lo contempla todo.

Los primeros en poblar esas tierras lo llamaron Montaña de Fuego. Los invasores, que nunca fueron invitados pero tampoco nunca se fueron, lo rebautizaron Galeras, porque les rememoraba a las velas sus propios barcos.

Los habitantes actuales aseguran que el volcán los protege, su guardián es esa mole que vigila el pueblo por encima de la copa de los árboles. Por eso cuando los presagios del horror los impulsan a alejarse ellos desoyen. Saben que aquel es inofensivo y sabio, por algo los únicos que han sufrido sus consecuencias fueron gringos. 

Colombia es una tierra de monstros, de realismo fantástico, de delirium tremens,  de migrantes que caminan despacio

De allí viene Samuel Lasso, y no es casual que sus obras nos hablen de esto. De paisajes híbridos, de mitos presentes, de culturas vivas que sangran magma ardiente. Tan ardiente que las carboniza.

Samuel dice con las palabras justas. No hace falta abigarrarnos de sonido para hablar de la selva. No queremos mirar al volcán directamente a los ojos, preferimos merodear, con respeto pero no con miedo.  Esperar la erupción,  detenernos en sus cenizas. Su furia pudre la tierra, la deja infértil, el Hercúleo volcán convierte lo que toca en cráter lunar.  

Samuel lo dice con las palabras justas. Con dibujos que se ven solo cuando anochece, delinea los indicios de que algo ha sucedido. Lo dice con las palabras justas, Urdiendo un sinfín de sutilezas puede expresar lo magnánimo. 

 

Dalia Cybel